Cuando la adaptación no depende solo del niño

Ayer, cuarto día de colegio, me escribió una madre.

Estaba bastante angustiada.

A las once de la mañana, mientras trabajaba, la había llamado la profesora de su hijo, de un año.

Le había planteado si podían hacer una adaptación un poco más progresiva. Si durante unos días podía venir a buscarlo al mediodía, hasta ver cómo evolucionaba.

El niño lo estaba pasando mal.

Y aquí me quiero parar.

Porque, como madre, ¿cómo te quedas?

Ya te está costando dejar a tu hijo en la guardería para irte a trabajar.

Probablemente te has ido esa mañana sabiendo que no se quedaba bien. Intentando convencerte de que necesita tiempo, de que es normal, de que poco a poco se acostumbrará.

Y entonces te llaman.

Y te confirman precisamente lo que tú ya sabías.

Que tu hijo lo está pasando mal.

Pero, al mismo tiempo, estás en ese modo supervivencia en el que lo primero que te sale pensar es:

No puedo.

No puedo ir a buscarlo al mediodía.

Tengo un trabajo.

No puedo faltar.

Y creo que aquí nos encontramos muchísimas madres.

Estuve un rato pensando qué contestarle.

Conocemos a la profesora. Sabemos que es una buena profesional y que, si había llamado, no era porque sí.

Así que lo primero que le dije fue que intentara quedarse también con eso.

Había una persona al otro lado preocupándose de verdad por su hijo.

Lo estaba observando.

Había detectado que quizá necesitaba otra cosa.

Y había llamado.

Después le dije que hablara con ella.

Pero que hablara de verdad.

Que se sentaran tranquilamente y pusieran encima de la mesa las dos realidades.

La del niño.

Pero también la de la familia.

Porque quizá una adaptación más progresiva sería lo mejor para él.

Pero quizá su madre no puede salir cada día del trabajo a las doce.

Y las dos cosas son verdad al mismo tiempo.

Entonces habrá que ver qué opciones tiene la familia.

Y qué opciones tiene el colegio.

Qué se puede mover.

Qué no.

Qué se puede intentar.

Y hacerlo juntas.

Hacer equipo.

Porque a veces tengo la sensación de que familia y escuela nos colocamos demasiado rápido a cada lado de una mesa.

Lo que necesita el niño.

Lo que puede hacer la familia.

Lo que permite el colegio.

Como si fueran intereses distintos.

Y, en realidad, el objetivo debería ser exactamente el mismo:

que ese niño consiga adaptarse de la mejor manera posible.

No sé cuál será la solución en este caso.

Quizá puedan hacer una adaptación más progresiva.

Quizá tengan que buscar otra fórmula.

Quizá simplemente necesite unos días más.

Pero creo que hay algo importante antes de encontrarla.

Entender que nadie debería estar intentando resolver esto solo.

Ni una profesora preocupada por un niño.

Ni una madre trabajando a las once de la mañana, recibiendo una llamada y sintiendo que tiene que elegir entre atender lo que necesita su hijo y cumplir con lo que necesita su trabajo.

A veces no necesitamos que alguien nos diga qué tenemos que hacer.

Necesitamos sentarnos en la misma mesa.

Poner todas las posibilidades encima.

Y recordar que estamos en el mismo equipo.

— B.

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