Eran las 6:30 de la mañana.
El niño, en pijama.
Yo, con días de fondo que pesan.
Y la cabeza ya haciendo cálculos sobre lo que vendría después.
Íbamos al hospital a sacarle sangre.
Iba preparada para el drama.
Para sostenerlo mientras él se asustaba.
Para aguantar, una vez más, cuando yo por dentro ya tenía poco donde sostenerme.
Nos llamaron.
Salieron dos enfermeras jóvenes.
Y sonrieron.
No de protocolo.
De verdad.
Llevaban allí desde las 6:30.
Nosotros acabábamos de llegar.
Pero no lo parecía.
Nos llevaron a un box apartado, lejos de los adultos.
Ya habían pensado en eso.
Una se agachó hacia el niño y empezó a contarle un cuento.
Un mosquito que venía a pisar su bracito un momento.
Que caminaba un poquito.
Y que luego se iba.
La otra preparaba todo en silencio.
Globos.
Pegatinas.
La instrumentación.
Cosas simples.
Pero pensadas.
Entre las dos había una complicidad que no se improvisa.
No lloró.
Salimos y yo sentí algo que no esperaba sentir a las 7 de la mañana en un hospital.
No era solo alivio.
Era otra cosa.
Alguien había cuidado.
Había pensado antes de que llegáramos.
Había preparado un cuento para que un niño no tuviera miedo.
A las 6:30 de la mañana.
Sin que nadie las vigilara.
Porque habían decidido hacerlo así.
Hay días en que necesitas que algo salga bien.
No algo grande.
Solo que una cosa pequeña, de las que no controlas, salga como tiene que salir.
Y que haya alguien al otro lado que también lo quiera.
Esa mañana lo tuve.
Me llevé más de lo que esperaba.
— B.

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