El primer día de guardería también nos rompe a nosotras

Hay un momento que muchas madres no olvidamos:
ese primer día de guardería en el que dejamos a nuestros hijos llorando.
Llorando con otros niños que también lloran.
Llorando frente a una puerta que se cierra.
Llorando mientras nosotras nos vamos.

Y ahí aparece el nudo.
Porque por un lado, duele.
Y por otro, te repites que estarán bien. Que es normal. Que todas lo hacemos.
Y que si confías en el centro, en sus educadoras, en el entorno, entonces no pasa nada.
Y sí, a veces no pasa nada. Pero otras veces sí pasa. En ellos. Y en nosotras.

Lo que me pregunto es esto:
¿Por qué la sociedad ha normalizado que otras personas —desconocidas muchas veces— críen a nuestros hijos desde que tienen menos de dos años?
¿Por qué cuando una madre expresa que no quiere separarse de su bebé tan pronto, se la tacha de exagerada, de intensa, de poco realista?

Y lo más inquietante:
¿por qué tantas mujeres terminan creyéndose que eso es “lo mejor”?
No porque lo sientan, sino porque no tienen elección.
Porque si no se lo creen, se hunden.
Porque si lo cuestionan, se sienten malas madres.

No, no estoy de acuerdo con esa idea de crianza.
Con esa obligación de volver al trabajo antes de estar lista, dejando a tu bebé porque el sistema no espera.
Porque eso, al final, pasa factura.
En los niños.
Y en nosotras.
Y casi siempre —seamos honestos—, esa factura emocional la carga la madre.

Ahora bien, tampoco creo en la crianza solitaria.
Criar solas tampoco funciona.
Necesitamos respirar.
Necesitamos comunidad.
Necesitamos compartir con otras mujeres que estén en la misma etapa.
Reírnos, llorar, apoyarnos.
Y que nuestros hijos vean a otros niños. Jueguen. Aprendan. Se relacionen.

Pero eso es distinto.
No es lo mismo dejar a tu hijo porque no puedes más, que hacer tribu, acompañarte y acompañar, mientras crías desde la elección y el vínculo.

Ojalá algún día dejemos de pedirle a las madres que se separen demasiado pronto de sus hijos.
Y ojalá podamos tener la libertad real de decidir cómo criar, sin culpa ni presión, ni ese susurro constante de:
“Ya se le pasará.”

Porque no siempre se pasa.
A veces, simplemente, nos acostumbramos al dolor.

–B.

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