Últimamente he estado quedando con amigas de la infancia.
Las del colegio.
Las que han estado ahí desde siempre, aunque la vida nos haya llevado por caminos muy distintos.
Cada una con su historia.
Unas con hijos.
Otras sin ellos.
Otras queriendo tenerlos y no pudiendo.
Y, aun así, hay algo que permanece intacto:
la confianza.
Pasan los años —muchos años— y seguimos hablándonos desde un lugar honesto.
Hemos atravesado juntas cosas importantes:
la muerte del padre de una amiga,
crisis de pareja,
separaciones,
momentos de caída y de reconstrucción.
Y hay algo profundamente bonito entre nosotras:
no nos juzgamos.
Nos sostenemos.
No todas se dejan ayudar igual.
No todas hablan cuando les duele.
Pero todas saben que estamos ahí.
Esto me ha hecho pensar mucho en la importancia de la comunidad femenina.
De ese espacio donde una se siente querida, acompañada, comprendida sin tener que explicarse demasiado.
A veces, por supervivencia —emocional, mental—, una no puede poner palabras a lo que vive.
Sigue.
Aguanta.
Funciona.
Y desde fuera puede parecer incomprensible.
Pero no lo es.
Al final, lo que más valora alguien que atraviesa algo difícil no es la opinión,
ni el consejo,
ni la solución.
Es saber que no será juzgada.
Que alguien está ahí.
En silencio, si hace falta.
También he pensado mucho en el distanciamiento.
En esos momentos en los que una se recoge del mundo.
Deja de escribir.
Deja de llamar.
No porque no quiera,
sino porque no puede.
Como amiga, sé que cuando alguien se distancia, hay un motivo.
Y no me ofendo.
No debería.
A veces ese silencio dura días.
A veces meses.
Incluso años.
Y lo verdaderamente importante es tener la capacidad de abrazar cuando reaparece.
Sin reproches.
Sin preguntas innecesarias.
Porque si alguien desapareció, fue porque necesitaba ese espacio.
Aunque no lo entendamos.
Aunque nos duela.
Estar sin juzgar.
Acompañar sin invadir.
Esperar sin exigir.
Eso, para mí, también es amor.
— B.

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