Hoy he tenido una revisión ginecológica rutinaria.
Nada fuera de lo normal.
Una citología, unas preguntas de protocolo, una consulta breve.
Y quiero dejar algo claro desde el principio:
sé que es una profesional.
No es una terapeuta.
No está ahí para acompañar procesos emocionales largos.
Pero también sé que con tres preguntas no se puede decir a una persona lo que tiene que hacer con algo tan serio como un posible embarazo.
Porque no estamos hablando de un diagnóstico médico.
No estamos hablando de tratar una infección o pautar una medicación necesaria.
Estamos hablando de una situación en la que entra en juego una vida.
Y eso no es menor.
Se me preguntó si mantengo relaciones sexuales.
Si son con hombres o con mujeres.
Si utilizamos métodos anticonceptivos.
Pero no se preguntó nada más.
No si es siempre con la misma persona.
No si hay una historia previa.
No si hay hijos.
No si ha costado llegar hasta aquí.
No si hay motivos personales, físicos o emocionales para no querer hormonarse.
Y, aun así, llegó la indicación:
“Lo que tienes que hacer es ir a la farmacia y tomarte la pastilla del día después.”
No fue una opción.
No fue una explicación.
No fue una información con matices.
Fue un “tienes que”.
Y ahí fue cuando me quedé mirándola y pensé:
¿pero de qué va esto?
No por desacuerdo ideológico.
No por falta de información.
Sino porque nadie puede decirte qué hacer en una situación así
sin saber quién eres, qué has vivido y desde dónde decides.
Yo tengo criterio.
Puedo escuchar, contrastar y decidir.
Pero hay mujeres que llegan a una consulta cansadas, vulnerables, con miedo, con dudas reales.
Y cuando una figura de autoridad te dice “lo que tienes que hacer”,
eso pesa.
Informar es una cosa.
Aconsejar, con contexto, es otra.
Decidir por alguien, sin conocerla, es cruzar una línea.
No escribo esto como un ataque a una persona concreta.
Lo escribo como una reflexión sobre algo más amplio:
cómo a veces el protocolo sustituye a la escucha
y cómo, sin darnos cuenta, se normaliza decirle a alguien qué hacer con su cuerpo
sin haberle hecho las preguntas necesarias.
No necesito que nadie decida por mí.
Necesito información completa.
Tiempo.
Y preguntas que me permitan decidir desde mí.
Porque el verdadero cuidado no empieza en la respuesta correcta,
sino en la pregunta bien hecha.
— B.

Deja un comentario