La soledad que nadie te explica cuando te conviertes en madre

La soledad que nadie te explica cuando te conviertes en madre

Hay algo de la maternidad de lo que se habla poco.

Y no me refiero al cansancio. Ni a la falta de tiempo. Ni al hecho de que tu vida cambie por completo.

Me refiero a otra cosa más difícil de explicar.

A la soledad emocional.

A esa sensación de estar acompañada y, al mismo tiempo, sentir que por dentro hay una parte de ti que sostiene demasiado sola.

No por los hijos.

Ellos no son el problema.

A veces, de hecho, son lo más claro, lo más limpio, lo más evidente de todo.

Lo que pesa es otra cosa. Es darte cuenta de todo lo que llevas encima sin que casi nunca se nombre del todo. Lo que anticipas. Lo que recuerdas. Lo que organizas. Lo que sostienes por dentro para que la vida funcione.

Y muchas veces no es solo hacer. Es pensar. Estar pendiente. Llegar antes que nadie a lo que hace falta.

Durante mucho tiempo creí que esto era simplemente lo normal.

Que era así.
Que en el fondo todas las madres vivían con ese nivel de carga interna y que no había mucho más que decir.

Hasta que empecé a hablar con otras mujeres.

Y ahí vi algo que me removió.

Historias distintas. Vidas distintas. Formas de maternar distintas.
Pero una sensación bastante parecida en muchas:
la de estar sosteniendo demasiado.

No creo que esto sea nuevo.
Creo que viene de lejos.

La diferencia es que ahora empezamos a ponerle palabras.
Nuestras madres y nuestras abuelas seguramente también vivieron muchas cosas así, pero sin espacio, sin lenguaje y muchas veces sin margen real para cuestionarlo.

Y cuando una empieza a nombrarlo, ya no puede dejar de verlo.

También hay algo incómodo aquí.

Porque sí, claro que están las hormonas.
Claro que está el cansancio.
Claro que el cuerpo, los ciclos y la falta de descanso influyen.

Pero no todo es eso.

A veces también hay una intuición que se afina.

Una manera de darse cuenta de que algo no termina de estar bien.
De que una se siente sola dentro del vínculo.
De que hay cosas que en teoría se comparten, pero en la práctica siguen cayendo en el mismo lado.

No escribo esto desde un lugar de superioridad.

Lo escribo más bien desde haber tardado en entender ciertas cosas.
Desde haberme adaptado mucho.
Desde haber justificado bastante.
Desde haber pensado durante demasiado tiempo que quizá estaba pidiendo más de la cuenta, cuando en realidad lo que faltaba era sostén.

Y para mí esa es una parte importante de todo esto.

Que un hogar no se sostiene solo con logística.
No se sostiene solo con tareas.
No se sostiene solo con buena intención.

También necesita presencia.
Escucha.
Implicación real.
Responsabilidad emocional.

Porque cuando eso falla, una parte de la pareja puede acabar viviendo en una especie de soledad muy difícil de explicar desde fuera.

La maternidad no inventa eso.
Pero muchas veces lo deja al descubierto.

Te enseña dónde hay reciprocidad y dónde no.
Dónde hay presencia y dónde solo hay ayuda puntual.
Dónde una se siente realmente acompañada y dónde, en el fondo, no.

Y ver eso duele.

Pero también aclara.

Yo no escribo esto para señalar a nadie.

Lo escribo porque durante mucho tiempo hay cosas que muchas mujeres han vivido casi en silencio, como si fueran una exageración, una mala gestión propia o una forma personal de no poder con todo.

Y no siempre es eso.

A veces lo que pasa es que de verdad falta sostén.

Y ponerle nombre no lo resuelve todo, pero al menos ordena algo por dentro.

La maternidad tiene muchísimo amor, sí.

Pero también te confronta.
Te mueve.
Te deja ver partes de ti que antes no estaban tan a la vista.
Te obliga a revisar cómo vives, cómo das, cómo pides, cómo te vinculas.

Y también te enseña algo importante:
que ser fuerte no quita necesitar apoyo de verdad.

Eso también forma parte de maternar.

—B.

Posted in

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.