Esta semana he tenido varias conversaciones.
Distintas personas.
Distintas historias.
Mismo fondo.
Una ha decidido parar.
Años haciendo su trabajo… y el de otros.
No porque se lo pidieran siempre de forma explícita;
sino porque ella no soporta que algo salga mal.
Porque quiere que el trabajo salga; y salga bien.
Y al final, eso pasa factura.
Cuando eres tú quien sostiene lo que otros no sostienen,
nadie te lo agradece;
simplemente se convierte en lo normal.
Ahora ha optado por darse un respiro.
No sabe cómo acabará.
Tiene fe en que algo cambie;
pero los años pesan.
Y la esperanza, cuando no se acompaña de hechos,
se transforma en cansancio;
y después en rabia;
o en resignación.
Otra persona llevaba un año pidiendo un cambio de proyecto.
No pedía menos;
pedía mejor.
Mejor liderazgo;
mejor equipo;
más coherencia con sus capacidades.
Un año de largas.
Hasta que otra empresa la llamó.
Y entonces, curiosamente, apareció la contraoferta.
Cambio de equipo; mejores condiciones; promesas nuevas.
Casualidad.
No lo creo.
Y otra persona más;
dudando de sí misma.
Los números no salen.
Empieza a cuestionarse.
No el sistema;
sino su propia valía.
En una semana;
tres historias;
mismo núcleo.
El ponerse en valor.
Y aquí quiero matizar algo.
No hablo de cualquier empresa.
Hablo de empresas con mala ética;
de estructuras que funcionan a costa del compromiso excesivo de quienes sí hacen bien su trabajo.
Y la administración pública…
eso merece un post aparte.
Porque ahí entran otras dinámicas;
otras inercias;
otros silencios.
Y luego están las pequeñas y medianas empresas;
ahogadas.
Sin margen.
Con la lengua fuera.
Intentando sobrevivir en un sistema que no les permite ir holgadas.
Y en medio de todo eso;
las personas.
¿Cuándo pasamos de ser necesarias para prosperar
a ser necesarias para sostener estructuras
que no siempre cuidan?
¿Cuándo dejamos de preguntarnos cuál es nuestro lugar
y empezamos a aceptar el que nos asignan?
Ponerse en valor no es creerse superior.
No es exigir sin dar.
No es victimizarse.
Es reconocer lo que aportas;
y decidir hasta dónde estás dispuesto a pagar el precio.
Porque siempre hay un precio.
A veces es tu salud.
A veces tu motivación.
A veces tu autoestima.
Veo un despertar silencioso.
Personas que empiezan a preguntarse
si el lugar en el que están
es elegido…
o simplemente tolerado.
Y esa pregunta cambia cosas.
Cuando alguien se pone en valor;
el sistema se mueve.
A veces reacciona;
a veces contraoferta;
a veces presiona.
Pero ya no es lo mismo.
Porque la persona ha dejado de mendigar su propio sitio.
Y eso;
aunque incomode;
es el principio de algo más sano.
— B.

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