El otro día tuve que llevar a mi hijo al médico.
Cogimos el tren porque aparcar era imposible.
Entré corriendo con él en brazos, justo antes de que se cerraran las puertas.
Sin aire. Sin margen.
Lo bajé al suelo y le dije que se sujetara a la barra.
Y antes de que yo pudiera siquiera recuperar la respiración, dos personas se levantaron para ofrecernos su asiento.
Un hombre con uniforme de trabajo físico.
Una mujer con el portátil aún abierto sobre las rodillas.
No se conocían entre ellos.
No dudaron.
Había 16 asientos reservados.
Solo se levantaron dos.
El resto no levantó la vista del móvil.
Y no lo digo desde la crítica fácil.
Yo misma alguna vez me he sentado en esos asientos.
Pero si veo a alguien más vulnerable, me levanto.
Ese día vi las dos caras.
Más tarde, en el centro médico, ocurrió algo parecido.
Antes de entrar en consulta nos cruzamos con la señora de la limpieza.
Se paró, sonrió a mi hijo, le dijo hola con esa alegría sencilla que no cuesta nada.
En consulta, la especialista fue fría.
No la juzgo. No sé qué día llevaba. Eran las 18:40 de la tarde.
Al salir le dije a mi hijo que dijera “gracias” y “adiós”.
La respuesta fue un “adiós” sin mirarle.
De vuelta por el pasillo, la señora de la limpieza volvió a sonreírle.
Otra vez.
Y ahí lo pensé.
No sé cómo le habría ido el día a esa mujer.
Pero aun así eligió mirar.
Eligió sonreír.
Eligió estar presente.
Y eso, aunque parezca pequeño, sostiene.
A veces pensamos que la sociedad se va a la mierda.
Pero no.
La sociedad no está perdida.
Está partida.
Entre los que viven encerrados en su mundo
y los que, aun cansados, aún eligen levantar la mirada.
Entre los que cumplen con lo mínimo
y los que, sin obligación, ofrecen algo más.
Y si algo me llevo de ese día es esto:
Siempre hay pequeñas luces.
Hay que aprender a verlas.
Porque al final, no nos sostiene un sistema perfecto.
Nos sostienen esos gestos mínimos que alguien decide regalar.
— B.

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