Reflexiones sobre la maternidad, el reloj biológico y el arte de navegar con nuestras propias velas

Últimamente me he dado cuenta de algo.
He estado empatizando mucho con las madres —con lo que supone criar, sostener, llegar—,
pero he ido aparcando, sin darme cuenta, la empatía hacia las mujeres que no lo son.

Y me he detenido ahí.

Porque ellas también sufren.
Sufren de una forma distinta, menos visible, menos validada.

Muchas de ellas querrían ser madres.
O al menos se lo han planteado seriamente.
Pero antes de dar ese paso, priorizan algo que saben que es fundamental:
encontrar a alguien con quien caminar ese viaje.

No por romanticismo ingenuo.
Sino por todo lo contrario.
Porque han visto —en amigas, hermanas, conocidas— lo complejo, intenso y exigente que es criar.
Y saben que hacerlo sin un acompañamiento real puede ser devastador.

Ahí aparece un dualismo difícil de sostener.

Por un lado, la pulsión profunda, casi instintiva, de la maternidad.
Por otro, la lógica y la razón, que empujan a buscar primero una estructura segura desde la que sostenerla.

Y como ese acompañamiento no siempre llega —o no llega a tiempo—,
muchas mujeres toman una decisión honesta:
priorizar su carrera profesional.

No como huida.
Sino como anclaje.
Como lo único sólido a lo que pueden aferrarse mientras la vida se ordena.

Lo entiendo.
Y no solo lo entiendo: lo comparto.
Porque probablemente, en su lugar, haría exactamente lo mismo.

Tengo amigas, hermanas, mujeres cercanas en esta situación.
Y cuando se alcanza cierta edad, la vivencia se vuelve más delicada.
El tiempo pesa.
Las preguntas aprietan.

Y, aun así, casi siempre acabamos llegando al mismo lugar:
buscar paz.

Paz interior.
Paz en pensar que lo que tenga que venir, vendrá.
Y que, si no viene, también puede haber una vida plena, con sentido, con amor.

Mientras trabajo en el taller, no puedo evitar hacer la analogía.
En la cerámica, a veces tenemos el barro, pero nos falta el agua.
A veces el horno no está listo en el momento en que queremos cocer la pieza.

Y a veces, simplemente, la forma que sale del torno es distinta a la que imaginamos al empezar.
Pero no por ello es menos bella.
Ni menos real.

Esta reflexión va más allá de ser madre o no serlo.

Hay madres que, por motivos que no me corresponde juzgar, hubieran deseado no serlo.
Hay mujeres que no lo son y que habrían sido madres extraordinarias.
Y hay mujeres que deciden, de forma consciente y legítima, no ser madres.

No lo sabemos.
Quizá nunca lo sepamos.

Y tal vez esa sea una de las grandes lecciones de la vida:
que no todo tiene una explicación clara,
que no todo se cumple como lo imaginamos,
que no todo llega cuando creemos que debería llegar.

Así que, al final, lo único que nos queda —y no es poco—
es querernos tal y como somos,
con las circunstancias que nos han tocado,
con los caminos abiertos y los que no se dieron.

Y navegar.
Con las velas que tenemos.
Porque potencial, de una forma u otra, lo tenemos todo.

B.

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