Son las 8:30 de la mañana.
Llego al andén con los niños.
Hace frío.
Tres grados, gorros, bufandas, mochilas, manos heladas.
A mi lado hay un grupo de universitarios.
Van en tirantes, con un jersey fino.
Ríen.
Miran el móvil.
Y no parecen sentir nada.
Los miro y pienso: o las hormonas son un milagro, o el tiempo aún no les pesa.
Sonrío sin querer.
Mientras coloco bien el gorro de uno de los niños y respiro ese aire que corta la cara.
No es solo el cuerpo lo que cambia con los años.
También la forma de mirar.
A los veinte, el frío era un detalle.
Salías sin abrigo, confiando en que todo se podía.
Ahora sé que el cuerpo avisa.
Y que escucharlo también es una forma de saber.
Miro a esos chicos y me reconozco un poco.
Yo también fui así.
Ligera, sin capas, sin previsión.
Ahora me cubro más.
No solo por el frío, sino por todo lo que llevo encima.
Cansancio, amor, rutinas, nombres, responsabilidades.
Y una parte de mí que ya no busca correr, sino llegar tranquila.
A veces me pregunto si se nota desde fuera.
Si alguien, al verme con los niños y el abrigo hasta el cuello, puede imaginar todo lo que hay debajo.
No lo sé.
Pero hay algo hermoso en aceptar que cada etapa tiene su temperatura.
El tren llega.
Ellos suben riendo.
Yo también, pero con otro ritmo.
Ajusto mochilas, busco asiento, me siento.
Uno de los niños apoya la cabeza en mi hombro.
El otro mira por la ventana.
Y pienso: compartimos andén, pero no invierno.
Ellos aún creen que el frío no les toca.
Yo sé que toca. Y que pasa.
Ya no quiero volver a ir sin abrigo.
Quiero seguir reconociendo lo que me protege.
Y entender que eso también es madurez.
-B.

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