Hoy he visto a una madre derrumbarse.
Sé que llevaba demasiado tiempo sin poder hacerlo.
Sosteniéndose entre el trabajo, el cansancio y un bebé que, desde que empezó la guardería, no deja de ponerse enfermo.
Un bucle que desgasta, día tras día.
Anoche me escribió:
que si podía cuidar de su hijo,
que estaba enfermo y no sabía con quién dejarlo.
Le dije que sí, sin pensarlo.
Habíamos quedado en la puerta del colegio,
así podría cogerlo después de dejar a los míos.
Pero esta mañana… no ha llegado.
Ni al colegio, ni a ese punto donde una intenta mantener el control.
Cuando me ha llamado, su voz temblaba.
He salido corriendo a buscarla.
Y allí estaba:
con el coche chocado, el bebé en brazos y los ojos llenos de lágrimas.
Rota.
Pero aun así preocupada porque llegaba tarde al trabajo.
En ese momento me he quedado quieta.
Con rabia, impotencia y una empatía que dolía.
Porque no necesitaba que nadie la regañara,
ni que le dijeran “ya pasará”.
Solo necesitaba a alguien que la sostuviera un instante,
que le dijera con calma:
“No pasa nada. Ya está. Respira. Está todo bien.”
–B.

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