Últimamente este tema aparece una y otra vez en mis conversaciones con amigas.
En distintas formas, con distintas historias, pero con un fondo común:
las madres y sus hijos varones.
Y cómo ese vínculo, que empieza desde el amor más puro, puede llegar a condicionar profundamente las relaciones adultas.
Lo pensé hace poco después de escuchar una frase que me hizo ruido:
“Suegra tiene una connotación negativa.”
Y sí, la tiene.
Pero, ¿por qué?
¿Por qué la figura de la suegra —esa madre que no suelta— genera tanto conflicto, tanta distancia o tanto recelo?
Creo que hay una confusión enorme entre amar y soltar.
Entre criar y controlar.
Entre cuidar y quedarse.
Porque cuando una madre no ha aprendido a sostenerse a sí misma emocionalmente,
sin darse cuenta puede criar desde el miedo a perder.
Y ese miedo, muchas veces, se transforma en control.
A veces sutil.
A veces invisible.
Pero presente.
Entonces el hijo no crece del todo libre,
sino condicionado por la necesidad —no siempre consciente— de proteger a su madre.
Y las parejas de esos hijos, muchas veces, acaban heredando ese peso.
Esto no es una crítica hacia nadie.
Es una observación.
Una herida que se repite de generación en generación
y que solo puede empezar a sanarse cuando se mira con honestidad.
Y aquí también me miro yo.
Soy madre de hijos varones.
Y a veces me asusta pensar hasta qué punto podría repetir, sin querer, lo que observo.
No quiero criar desde la carencia ni desde el miedo.
No quiero que mis hijos se sientan responsables de mi bienestar emocional.
Quiero que sepan amar sin culpa.
Que puedan elegir libremente con quién compartir su vida.
Que su madre sea raíz, no peso.
Amar no es retener.
Amar es dar raíces, sí,
pero también alas.
Y soltar con amor no es abandonar.
Es un acto profundo de madurez.
Quizá uno de los retos de nuestra generación sea ese:
redefinir lo que significa ser madre.
Entender que soltar no es perderlos,
sino permitirles ser quienes vinieron a ser.
—B.

Deja un comentario