Últimamente me ha dado por querer habitar mi casa de verdad.
Y no, no me acabo de mudar.
Llevo viviendo aquí desde hace más de diez años.
Pero desde que fui madre, pasé a vivir en modo automático.
Supervivencia, rutinas, cansancio.
Y con el tiempo, dejé de mirar mi casa.
La ocupaba, pero no la habitaba.
Ahora algo está cambiando.
Estoy poniendo plantas. Quitando cosas. Probando con fotos.
Mi habitación, por ejemplo, no me transmite calma… y quiero que lo haga.
Y me estoy dando permiso para hacerlo sin prisa, sin exigencia.
Porque sé que cuando una cambia por dentro, el espacio también lo pide.
Estoy empezando a ver mi casa como un reflejo de mi energía actual.
Y tengo ganas de estar bien en ella.
De mirarla y sentir: sí, esta soy yo ahora.
Y justo hoy, tomando un café con una amiga, me contaba que ella sí acaba de mudarse.
Tenía una casa que le gustaba, decorada con cariño, hecha a su medida.
Pero con tres hijos y solo dos habitaciones, empezó a sentir presión.
No por ella.
Por su entorno.
Por su suegra.
Por esas voces que dicen: “ya no cabe más gente ahí”, “eso no es suficiente para una familia”, “tienes que dar el salto”.
Así que se mudaron.
Y aunque está agradecida por la oportunidad,
también me confesó que le daba pena dejar atrás ese hogar.
Porque no fue una decisión del todo libre.
Fue una decisión desde la duda. Desde la culpa. Desde las opiniones externas.
Y ahí me vino la pregunta:
¿cuántas veces tomamos decisiones sobre nuestros espacios —y sobre nuestras vidas— para no decepcionar a los demás?
¿Y qué pasa cuando eso va en contra de lo que realmente necesitamos?
Habitar una casa no es solo decorarla.
Es que te sostenga.
Que te calme.
Que te refleje.
Y para eso, muchas veces, hace falta cerrar la puerta a ciertas opiniones, incluso a las que vienen disfrazadas de ayuda.
Hoy siento que volver a habitar mi casa es también volver a mí.
Y que eso solo es posible cuando empiezo a poner límites.
A los objetos que ya no me representan.
A las ideas que no me encajan.
A las voces que no me acompañan.
Porque mi casa también es un mapa de cómo me estoy tratando.
Y en este momento de mi vida, quiero tratarme con más cuidado.
–B.

Deja un comentario