El otro día, esperando en la salida del colegio, escuché una conversación entre dos madres.
Una de ellas estaba embarazada de casi nueve meses.
Acababa de cogerse la baja, y le decía a su amiga que lo había alargado todo lo posible porque le sabía mal.
No quería quedar mal con su empresa.
Había aguantado hasta el límite para no parecer que “se escaqueaba”.
Y lo decía con una mezcla de culpa y justificación que me removió profundamente.
Su amiga, en respuesta, le contó que ella volvió a trabajar a las seis semanas de dar a luz.
Seis semanas.
Y además con jornada partida.
Lo decía como quien cuenta una anécdota más. Como si eso fuera normal.
Yo me quedé helada.
No por juicio, sino porque yo también lo hice.
Con mi segundo hijo.
Y sí, fue demasiado pronto. Y sí, lo hice por compromiso. Por miedo. Por presión.
Y sí, también pasó factura.
Porque cuando vuelves tan pronto, dejas un bebé de seis semanas en manos de otra persona.
Y porque aunque intentes “hacerlo bien” con tu empresa, nunca es suficiente.
Hoy quedas bien con tu jefe.
Mañana ese jefe se va.
Y esa “buena voluntad” ya no sirve para nada.
Mientras tanto, la que sigue arrastrando el cansancio, el desgarro físico, la presión interna y la culpa… es la madre.
¿En qué momento decidimos que era más importante no molestar que protegernos?
¿Quién nos convenció de que había que pedir perdón por gestar, parir o criar?
¿Cómo es posible que el sistema laboral siga tan desconectado de la vida real?
No sé qué respuesta tengo.
Solo sé que escucharlas me removió todo.
Y que me cuesta entender cómo ni el gobierno ni las empresas protegen lo más básico: la salud física y emocional de las mujeres en sus procesos de gestación, parto y crianza.
Porque no es normal que tengamos que justificarnos por descansar.
No es normal que vivir un embarazo se convierta en un acto de resistencia.
No es normal que una madre tenga que elegir entre su bebé y su puesto.
Señores, ¿qué estamos haciendo?
–B.

Deja un comentario