Hoy me he cruzado con otro padre —el tercero en poco tiempo— diciendo:
“Qué ganas de que empiece el colegio.”
Y lo decía con ese tono que todos hemos usado alguna vez: mezcla de broma, cansancio y verdad.
Pero me quedé pensando…
¿Qué nos está pasando como sociedad para que nuestros propios hijos nos molesten tanto?
La infancia se ha convertido en un estorbo.
Las vacaciones, en un problema logístico.
Los hijos, en una fuente constante de ruido, caos y cansancio.
Y no, no hablo desde el juicio.
Hablo desde la experiencia.
Desde la contradicción de amar profundamente a nuestros hijos y, al mismo tiempo, desear un descanso de ellos.
¿Será que criamos solos, incluso cuando estamos en pareja?
¿Será que vivimos tan ocupados que no sabemos qué hacer con el tiempo libre?
¿Será que nadie nos enseñó a estar con niños, a disfrutar de su ritmo, de su mundo, de sus preguntas, de sus tiempos?
La mayoría trabajamos todo el año.
Y cuando por fin llegan unas semanas para estar con ellos, ese poco tiempo se nos hace eterno.
¿Cómo puede ser que el único momento del año para estar juntos nos resulte tan difícil de sostener?
Quizá es que no tenemos margen mental, físico ni emocional.
Quizá es que no podemos más.
Pero ellos sí pueden. Porque son niños.
Y esperan que los acompañemos desde ahí, no desde la prisa, ni el juicio, ni la queja.
Entonces…
¿qué podemos hacer?
Quizá no podamos cambiar todo el sistema, pero sí podemos empezar por preguntarnos:
- ¿Cómo quiero mirar a mis hijos este verano?
- ¿Qué necesitan ellos de mí, más allá de la logística?
- ¿Qué necesito yo para poder disfrutarlos de verdad?
Porque son pocos años.
Pasan rápido.
Y no, no son adultos pequeños.
Son niños.
Y merecen ser tratados como tal: con paciencia, con juego, con presencia.
Quizá la solución no sea tener más vacaciones.
Sino aprender a estar, de verdad, cuando sí estamos.
–B.

Deja un comentario