En muchas conversaciones que escucho últimamente aparece el mismo patrón.
Relatos distintos, parejas distintas, contextos distintos.
Y, aun así, algo que se repite.
Hombres que hablan mal a las mujeres con las que comparten su vida.
Con impaciencia.
Con desprecio.
Con un tono que ya no se disculpa.
Y también mujeres que lo permiten.
Que se callan.
Que esquivan.
Que intentan que no escale.
No porque no se den cuenta.
Saben perfectamente que está mal.
Entonces la pregunta no es si lo vemos.
La pregunta es:
¿en qué momento dejamos que eso se vuelva parte del día a día?
¿En qué instante decidimos que vale más la estabilidad que nuestra propia dignidad?
Tal vez fue una vez.
Un día en el que los niños estaban delante y preferimos callar.
Otro día en el que estábamos cansadas.
Otro en el que no teníamos fuerza para empezar otra guerra.
Y sin darnos cuenta, cedimos un espacio interno.
No por debilidad.
Sino porque estábamos sosteniendo demasiadas cosas.
Pero una palabra que duele, repetida muchas veces, se convierte en paisaje.
Y eso es lo más peligroso:
aprender a vivir dentro del daño sin que ya nos parezca daño.
No escribo esto para juzgar a nadie.
Lo escribo porque todas, en algún momento,
hemos callado algo que no debíamos haber normalizado.
Yo también.
Y porque quizá el primer paso para salir de ahí
no es señalar al otro,
sino preguntarse:
¿En qué momento dejé de defenderme?
¿Y cuándo voy a volver a hacerlo?
—B.

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