No fue un verano perfecto. Pero fue mío.

Han pasado tres semanas desde que empezó el verano.
Tres semanas sin despertador, sin rutinas, sin la coraza del día a día.
Tres semanas donde he tenido que convivir, no solo con mi pareja, mis hijos o mi familia…
sino conmigo.

El primer tramo fue raro.
Me sentía a la defensiva, como si algo fuera a estallar.
Pero no estalló.
O quizás sí… por dentro.
Y eso fue lo mejor.

Vi con más claridad lo que me duele.
Pero también lo que me sostiene.

Compartí momentos bonitos con otra familia.
Niños que se entienden sin hablar.
Adultos que se escuchan sin interrumpirse.
Y ahí, sin buscarlo, me relajé.
Fui yo. Y nadie me lo cuestionó.

Hubo también silencios incómodos, conversaciones difíciles,
espejos que duelen…
pero esta vez no huí.
Esta vez me quedé.
Y algo se refinó en mí.

Volver a casa me ha costado.
Pero he vuelto con más verdad.
Y aunque no haya resuelto todo,
he ganado algo:
el permiso de vivir como quiero.
No como esperan.
No como se supone.

El verano no me ha dado respuestas.
Pero me ha traído una certeza:
ya no quiero esconderme detrás de lo que parece que está bien.

¿Y tú? ¿Qué te ha traído este verano que no esperabas?

Yo, al menos, ya no vuelvo igual.

–B.

Posted in

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.