El barro y yo

Cerámica con torno

Esta semana he hecho un curso intensivo de cerámica con torno.
Cada mañana, al meter las manos en el barro, sentía cómo el tiempo se deshacía entre mis dedos y me olvidaba por completo del reloj, de las obligaciones, de las listas mentales que siempre cargo.

No tenía la presión de hacerlo bonito.
Ni siquiera de hacerlo bien.
Solo quería hacerlo. Estar ahí, con el cuerpo, con la arcilla, dejando que mis manos guiaran el ritmo.

Modelaba, amasaba, apretaba.
Y en ese gesto repetido, tan físico y tan simple, notaba cómo el barro me iba devolviendo al cuerpo.
Como si algo dentro de mí se alineara, sin esfuerzo, con algo muy antiguo y muy vivo.

Las mañanas se me pasaban volando.
Y por las tardes, llegaba a casa cansada.
Pero era un cansancio distinto al habitual: no venía de la exigencia ni de la culpa, sino de haberme entregado a algo que me hacía bien, sin tener que justificarlo ni ante nadie ni ante mí misma.

Estábamos seis mujeres en el taller.
Seis trayectorias distintas, seis edades, profesiones y mundos.
Pero todas compartíamos, sin decirlo, algo que nos unía: heridas abiertas y sueños vivos.
Y en ese espacio sencillo, lleno de barro y silencio, me sentí como en casa.
Rodeada de autenticidad. De lo esencial.

El último día del curso aprendimos a retornear.
Retornear consiste en volver a coger la pieza ya medio seca y, con cuidado y precisión, empezar a vaciar, recortar, redefinir.
No se trata de rehacer desde cero, sino de respetar la forma original y mejorarla, ajustarla, afinarla.

Y entonces entendí algo importante:
Eso es exactamente lo que estoy haciendo ahora con mi vida.

Durante años me moldearon desde fuera: las expectativas, el deber, la familia, el amor, la maternidad, lo que se supone que está bien.
Y yo fui tomando forma con todo eso, como pude, como supe.
Pero esa figura ya no me representa del todo.

Ahora estoy volviendo sobre mí misma.
Me estoy retorneando.
Estoy quitando lo que sobra, aunque duela.
Estoy vaciando zonas que se llenaron por inercia, para dejar espacio a lo nuevo.
Estoy dándome una forma que tenga sentido para mí. Que me guste. Que me abrace.

No sé si volveré al torno ni si esto será un punto de partida para algo más.
Pero esta semana me ha recordado que el cambio, a veces, no necesita grandes gestos.
Solo manos dispuestas, atención plena… y el permiso para empezar de nuevo, desde dentro.

–B.

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